Pensaba que al empezar a vivir en un pueblo, borrarÃa el tÃpico comentario de “eres de pueblo”, pero no ha sido asÃ. Al contrario, ahora realmente entiendo la expresión. No es que no lo entendiera antes, pero lo decÃa en un contexto de burla sin fundamento.
No es que pretenda despreciar el hecho de nacer o vivir en un pueblo, pero hay que reconocer que hay diferencias entre “ser de pueblo” o “ser de ciudad”. Y antes de que me ataquen, reconozco que seguro hay excepciones. Siempre las hay…
Todo empezó un dÃa, el primer dÃa de una dura etapa de mudanza. Llegué a mi nueva casa. Yo andaba vestida con pantalón ancho y camiseta de verano, cómoda y fresca para afrontar la larga jornada que me esperaba. Aparqué el coche a dos metros del portal de mi casa. El coche rebozaba de cajas, una mesa, un perchero y cachureos (como dirÃa mi suegra). Bajé del coche y empecé a descargar. En el segundo viaje al coche, me encuentro con una mujer (mayor), la que serÃa mi nueva vecina. Me empieza a gritar como himno de bienvenida. Me asegura que delante de su casa no se aparaca nadie porque sinó llama a la alcadesa y se lleva el coche… Empezamos bien, con amenazas.
Cinco meses después, siguen las amenazas. Ahora ya me amenaza con pinchar las ruedas del coche. Es de esas mujeres mayores que no me molesta referirme a ellas como viejas. Es insoportable. La veo y me da verdadero miedo. La semana pasada, realmente, me asustó. Mientras daba marcha atrás, al aparcar, empezó a pegar manotazos al coche. Me alarmé, pensaba que habÃa atropellado a alguien. Y era ella gritando como una loca y dando golpes a mi coche. Cuando salà le vi la cara. Daba pánico, pues tenÃa el rostro totalmente desfigurado por la ira. Me asusté tanto que opté por presentarme al vecino de alante y comentarle la jugada. Me sentà obligada a dar explicaciones ya que pareciera que yo la hubiese agredido, cuando era todo lo contrario. Algunos vecinos sacaron la cabeza por la ventana y me miraron mal. No me sentà nada bien, la verdad. A la próxima, llamaré a la policÃa sin duda.
Por otra parte, hoy mientras conducÃa por las callejuelas del pueblo, iba caminando una mujer de edad media. A éstas aún no sé cómo llamarlas pero ya encontraré el nombre adecuado. Se ve que hoy, esta mujer de edad media, no querÃa caminar sobre la acera. QuerÃa hacerlo en plena calle. Y ella estaba segura de que estaba en pleno derecho a parar el tráfico. Le pité, tÃmidamente, después de esperar detrás de ella unos 2 minutos. Se giró y me dijo que “pronto no se podrá pasear tranquila en este pueblo”. ¿Qué? La verdad es que ya me dió por reir, internamente claro…
Con todo esto quiero decir que la gente de pueblo, se siente muy identificada con “su territorio” y, a menudo, no está dispuesta a compartirlo con nadie. Me siento “forastera” siendo la más mallorquina. Ellos creen que, por el hecho de haber nacido aquÃ, tienen unos derechos privilegiados. Y no es asÃ. Los vecinos del otro lado de la vieja ni me saludan porque, hace años, les interesó comprar la casa dónde vivo yo ahora y como no lo lograron, descargan su rábia conmigo. En definitiva, o hago nuevas amistades en el pueblo que me demuestren lo contrario o,por ahora, no me queda más que resignarme y seguir alimentando el concepto de “ser de pueblo”.
Foto: Rick E Dick