Mi mejor versión

30 Jul

Es cierto. Llevo una temporada apagada y un tanto despistada. En algún momento me desvié de mi camino y me perdí detrás de una ilusión. Esta ilusión no era más que el desenlace de un rompecabezas que quería completar, donde cada pieza representaba una necesidad.

Me he dado cuenta de que una no puede exigir a los demás que le cubran ciertas necesidades y menos si éstas no pueden ser cubiertas por otra persona que no sea una misma. Llevo meses empeñada en que me quieran, en que me cuiden y en que me mimen y simplemente porque creo que así lo merezco. O porque he visto que quizás llevaba un tiempo descuidada y he querido confiar en que los demás harían todo eso por mi. Y no, esto no funciona así. Estoy entendiendo al fin, aunque me cueste, que estas cosas no se exigen ni se piden. Estoy aprendiendo también que recibiré el cariño que mi gente me quiera dar, no el que yo quiera recibir. Y eso no me da derecho a enfadarme pero sí a decidir si me conformo. Siempre hay que elegir y hay que hacerlo bien.

Me he dado cuenta de que una puede dejarse llevar hasta cierto punto, no perennemente. Una debe tomar decisiones que concuerden con sus valores y no pasar por encima de nadie y mucho menos por encima de una misma. Yo me he saltado este último paso y ahora pago las consecuencias.

Me he dado cuenta, también, de que me he querido poquísimo. He llegado a sentir, aunque no me guste reconocerlo, lástima de mí misma y a no encontrar demasiados motivos para valorarme. Por suerte, me muevo en un entorno que se encarga cada día de recordarme quién soy y todo lo que valgo. Varias personas a las que quiero me han recordado la mujer que era y me han invitado a volverlo a ser. Me han ayudado a querer ver las cosas de una manera diferente, más ajustada a la realidad y más cercana a mí.

Olvidé, poco a poco, lo que me gustaba hacer. Olvidé que soy una persona alegre, risueña y a la que le gusta cantar. Soy una persona activa y con ganas de vivir. Me gusta contemplar puestas de sol pegadita al mar y tomarme una copa de vino para celebrar cualquier cosa que merezca la pena. También me gusta pasear, sola o acompañada.

Me gusta cuidar de mis amigos, reír con ellos, escucharlos y arreglar los problemas del mundo en una terraza con una caña en la mano. Así me han descrito algunos de ellos y así me reconozco yo.  Ellos también me han confesado que me echan de menos y me han pedido que vuelva. Y aquí estoy. He vuelto o, al menos, estoy de camino. Y es que yo también me he echado de menos.

He descubierto que siento debilidad por mi familia que, aunque no es perfecta y nunca lo será, moriría por ella si hiciera falta.

He recordado que me encanta escribir y no soporto los textos vacíos y carentes de significado. Soy de las que busca el porqué de las cosas. La curiosidad me invade y pocas veces me aburro. Me gusta encontrar las palabras exactas para definir y comunicar lo que quiero expresar. Confío en cada palabra que pronuncio y valoro, a veces sobredimensionadamente, las palabras que me dirigen a mí.

He entendido que emocionarse con la letra de una canción no es malo y que no debo avergonzarme por ello. Me niego a mantenerme quieta y superficial ante la vida y a quedarme esperando a que todo se arregle. Soy proactiva y cuento con iniciativa suficiente para tirar con todo adelante. Me niego a vivir en un mundo de apariencias. Me quedo con lo que hay de verdad, lo real, lo que no se finge, lo que es.

Reconozco que, con el tiempo, me he ido convirtiendo en una romántica empedernida. Y aunque mis experiencias me lleven a pensar que el amor es un invento, me niego a aceptarlo. Sigo pensando que algún día encontraré a una persona que me comprenda, me respete, me valore y que me quiera, pero de verdad.

Tengo miedo de algún día quedarme sola y encontrarme vacía. Me cuesta enfrentarme a mis miserias pero cada día lo hago un poco más. Y no pararé de hacerlo. Soy de las luchadoras, de las que no se rinden fácilmente. Soy de las que no se callan y que cuando se equivocan, reconocen sus errores. La obsesión por avanzar y no paralizarme en este mundo cambiante me obliga a reinventarme, corregirme y a ser cada día una persona nueva, diferente y mejor.

Soy un poco caótica con mi orden pero adoro ser así. Me aburren las cosas extremadamente ordenadas y planificadas. Necesito chispa. No me van las cosas perfectas aunque aspire a ellas sin saber muy bien por qué. Convivo con mis contradicciones, pues no me gustan las ideas fijas e inamovibles. Siempre quiero tener la opción de poder cambiar de opinión si la mía no me convence. Así aprendo, así avanzo, así crezco.

Tengo pánico a decepcionar a los míos porque siempre me han exigido un poquito más de lo que podía dar. De esta forma, siempre lo he dado todo y no me he quedado con la sensación de haber podido dar un poquito más. Me frustra no llegar a mis objetivos pero debo entender que no lo puedo controlar todo y que unas veces se gana y otras se pierde se aprende.

También me he dado cuenta de que he perdido gran parte de mi orgullo aunque, valga la redundancia, estoy orgullosa de ello. No pienso perder ni un segundo más de mi tiempo en dejar de hacer cosas que quiero hacer por una simple razón de orgullo. Si siento que quiero hacerlo, lo hago y a veces de forma demasiado impulsiva.

Me he dado cuenta de que las lágrimas que derramo no miden mi fuerza. Las personas no somos débiles aunque sí tenemos momentos de debilidad. Y prefiero llorar a quedarme con la pena dentro. Tengo que llegar al punto en que no quede dentro de mí nada que sea desechable. Todo lo que se quede dentro que valga la pena, aunque ésta a menudo también se quede en mi interior.

Y por último, me he dado cuenta de quién soy. Poquito a poco me he ido descubriendo y no me desagrada la persona en la que me he ido convirtiendo a lo largo de mi vida. Acepto los valores que me han inculcado y asumo las consecuencias de mantenerlos, sin cerrarme a recibir otros nuevos que todavía desconozco.

Y hasta aquí llega mi análisis de conciencia. Nadie me robará mi sonrisa, esa que ha enamorado a tantas personas y esa misma que ha permitido que las personas buenas se queden, sin exceso de condiciones, a mi lado. Sin duda, me quedo con los buenos los mejores. Los que no me rompen.

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